• Bar II | Miraflores | Lima | Perú | Impresión Lambda | 126 X 126 cm. |1/5 | 2007

  • Galería de Arte | San Isidro | Lima | Perú | Impresión Lambda | 126 X 126 cm. |1/5 | 2007

  • Velero | La Punta | Callao | Perú | Impresión Lambda | 126 X 126 cm. |1/5 | 2007

  • Ricardina | Impresión Lambda | 50 X 50 cm. |1/5 | 2007

  • Juan Dionisio | Impresión Lambda | 50 X 50 cm. |1/5 | 2007

  • Lidi | Impresión Lambda | 50 X 50 cm. |1/5 | 2007

  • Brigith Vanessa | Impresión Lambda | 50 X 50 cm. |1/5 | 2007

  • Gianella | Impresión Lambda | 50 X 50 cm. |1/5 | 2007

  • Henry | Impresión Lambda | 50 X 50 cm. |1/5 | 2007

  • Gimnasio | Miraflores | Lima | Perú | Impresión Lambda | 126 X 126 cm. |1/5 | 2007

  • Restaurante | Miraflores | Lima | Perú | Impresión Lambda | 126 X 126 cm. |1/5 | 2007

  • Centro Cultural | San Isidro | Lima | Perú Impresión Lambda | 126 X 126 cm.|1/5 | 2007

  • Teatro | Miraflores | Lima | Perú | Impresión Lambda | 126 X 126 cm. | |1/5 | 2007

  • Discoteca | Miraflores | Lima | Perú | Impresión Lambda | 126 X 126 cm. |1/5 | 2007

  • Aeropuerto Internacional Jorge Chávez |Callao | Perú | Impresión Lambda | 126 X 126 cm. |1/5 | 2007

  • Palco | Miraflores | Lima | Perú | Impresión Lambda| 126 X 126 cm.|1/5 | 2007

  • Boutique | Miraflores | Lima | Perú | Impresión Lambda | 126 X 126 cm.|1/5 | 2007

  • Bar | Miraflores | Lima | Perú | Impresión Lambda | 126 X 126 cm. /5 | 2007

VER CATÁLOGO

MR | SI NO EXISTE EL MÁS ALLÁ, LA INJUSTICIA DEL POBRE SE PROLONGA ETERNAMENTE


— No, lo siento, no puede pasar con estas personas aquí.
— ¡El gerente me dio permiso!
— Lo siento, el no me comunicó nada, no les puedo dejar pasar.
— Pero este es un lugar público, ¿con qué derecho me interrumpe el paso?
— Lo siento pero no puedo dejarles pasar.
— Una pregunta: si en vez de venir con esta familia serrana, viniera con tres suecas rubias en minifalda. ¿Me dejaría pasar?...
Creo que aquí en Perú es más natural y menos extraño una familia serrana que tres suecas rubias en minifalda o ¿no cree usted?

En todos los colegios de Perú, los niños conocen desde muy pronto el desgarrador y cruel cuento de Cesar Vallejo Paco Yunque, en él, el protagonista es objeto ya desde su niñez y en el colegio de las más increíbles torturas e injusticias, simplemente por ser pobre y aunque Vallejo no lo diga “cholo”.
Ya a los niños desde la infancia se les instruye con este cuento que marca diferencias… El racismo y la consecuente marginación que provoca es un mal extendido en todo el mundo.
El cholo en Perú es objeto del racismo más absurdo ya que como dice el refrán popular todos los peruanos son cholos: “El que no tiene de inga tiene de mandinga”.
Pero no solo en Perú, sino en el mundo todos somos cholos, todos afortunadamente somos mezclas de muchas razas, colores y culturas que nos enriquecen, pero todavía hay mucha gente que no lo sabe o no lo quiere saber.

El binomio racismo y pobreza están muy unidos, la exclusión se da también por separado, pero normalmente van juntos. Como consecuencia del racismo también se le supone pobre al que a lo mejor no lo es, pero para la sociedad del bienestar el aspecto físico es determinante para ser o no aceptado.

El consuelo de los padecimientos de la gente que ha tenido mala suerte en la vida y se encuentra en situaciones difíciles de marginalidad, pobreza, racismo, etc, es que hay un más allá en el que recibirán su recompensa por todos los males y padecimientos que han sufrido en este mundo. Pero, y ¿si no hay más allá?, ¿Por qué razón unos van a vivir sus cortas vidas de lujo y otros en la más absoluta miseria?, ¿Quién compensa esa injusticia?...

EL ARTE DEBE COMBATIR ESA INJUSTICIA.

En aras de construir un más allá ficticio y artístico más aquí, intentamos entender cuál era el posible deseo de una familia que no era privilegiada, qué anhelaba como compensación a su carencia. Decidimos hacer una serie que se titulaba Sueño cholo en la que presentaríamos las imágenes de lo que creemos que para las familias serranas sería el sueño de riqueza, y ese sueño, suponemos, es que ellos vivieran como nosotros, tuvieran unas casas amplias y de diseño con lo último en tecnología y se manejaran en los cómodos espacios a los que estamos habituados.

Toda suposición sobre la vida de los demás es una quimera, en eso también fuimos pretendidamente prepotentes al pensar que los pobres quieren llevar la vida muchas veces desgraciada e insulsa que llevamos los demás. Incongruentes hasta la exageración creemos que ellos solo pretenden imitarnos en todo. Posiblemente no sea así, los paraísos o los sueños de los demás no tienen porqué coincidir con los nuestros, afortunadamente, lo material, que tan importante es para unos no lo es para todos, y en todo caso el concepto de lo material puede ser otro.

Nuestros personajes nunca han podido disfrutar de la sociedad del bienestar, solo lo hacen falsamente a través de nuestras fotografías, para ellos el bienestar es un trabajo que se cobra, un trabajo que consiste en posar en un entorno al que de otra forma nunca tendrían acceso y que dura para ellos el tiempo que dura el posado, aunque para sus imágenes y para la historia la disfruten eternamente.

Ellos no sufren en sus rostros el hastío, la desilusión de haberlo tenido todo desde el principio, de que todo se les ha dado, la contradicción de su propia existencia. Para nuestros modelos, aunque les digamos y ensayemos durante horas que pongan cara y expresión de confundidos, desilusionados, contrariados, deprimidos, hartos de todo confusos… es imposible, en sus miradas no se presenta el vacío, siempre hay una sombra de vida, de curiosidad… nuestros modelos podrán sufrir cualquier enfermedad, menos el Hikikomori.

No pretendemos la superficialidad de los programas de reality show, como los que cambian permanentemente las físicos de la gente con el morbo de la operación del antes y el después. Esto no es un juego mediático, no vamos a interferir en nada. Nosotros, como el ornitólogo, con el máximo respeto, medimos, pesamos y anillamos al pájaro para dejarlo libre, no modificamos su destino, el único que lo puede modificar es el mismo y las circunstancias, nosotros nunca seremos una circunstancia, somos como todos, falsos historiadores, creadores e inventores de unas fuentes falsas… Nuestras fotografías pretenden hacer una denuncia, pero es muy posible que esta denuncia se puede convertir, por los avatares propios de la historia, en una prueba para justificar una sociedad endémicamente injusta en el presente y falsamente adecentada para un futuro en el que ni el pasado puede ser infeliz, injusto… Toda historia es falsa en algún aspecto o en todos…

Que ocurriría si estos modelos, esta familia “serrana”, en realidad fueran ricos y vivieran mucho mejor que nosotros y que dado su aspecto físico, nos hubieran gastado una broma y se hubieran disfrazado de serranos, indumentaria que para los habitantes de la gran ciudad nos indica un bajo nivel económico, aunque fueran una familia de empresarios exportadores y los propietarios del yate, de la casa, del carro, de la colección de cuadros de Bedia, del avión privado… El racismo no solo es económico.

POSTALES DE FUTURO.

El arte social es el que se compromete con el aquí y ahora percibido como problema, visualizándolo en una sociedad que pretende ignorarlo.

Es un hecho constatable que en Nueva York casi todos los visitantes de las galerías de arte contemporáneo son blancos, lo mismo sucede en Lima… es muy difícil ver cholos, ¿por qué se da esa pureza racial en el contexto del arte contemporáneo?, ¿No está descrito en el manual de tradiciones y comportamientos de otras razas el ver y participar del arte contemporáneo?, ¿Ver y participar del arte contemporáneo está vedado para el que no es blanco y rico?, ¿El cholo y pobre se tienen que conformar con la artesanía?

Es muy extraño que en países como Perú el arte social tenga tan pocos adeptos, posiblemente porque económicamente no sea rentable y porque las connotaciones partidistas se hayan planteado de forma muy evidente, es difícil mantenerse en la frontera entre lo social y lo militante dogmático, entre la denuncia sin recompensa partidaria y los intereses de una agrupación en concreto. ¿Es posible el arte social sin el arte político?

Las desigualdades y el racismo en Perú, como en muchos países son endémicos, esta serie de fotos intenta poner en el circuito imágenes que sutilmente lo denuncian, para que sean compradas por la elite que supuestamente es racista y fomenta las desigualdades. ¿No resulta incongruente?, ¿Hay elite que no es racista? Creemos que sí.

Pero podría darse que el racista comprara las fotografías como un juego. Un juego en el que realmente el racista pasa olímpicamente de lo que se denuncia y considera las imágenes solamente chocantes o divertidas y exclama un: “¿Cholos en mi baño?... ¡Cómo va a ser…!, cuando ve las fotografías de la familia serrana ocupando sus lugares más íntimos y cotidianos.

Otros en cambio se pueden sentir amenazados ante un futuro posible. “¿Será tolerable que en un futuro próximo, en mi exclusivo condominio, tengamos de vecinos de puerta una familia de cholos?”. Dudas que expresan un temor hacia el fin de una preponderancia del blanco lindo y adinerado… En todo el proceso de realización de las fotografías nos ocurrieron multitud de anécdotas que nos confirmaban que estábamos en el camino correcto al hacer esta serie, que este no era un racismo inventado por nosotros para dárnoslas de sociales y modernos… las caras de muchos de los vecinos, cuando nos observaban aparecer con la familia serrana perfectamente ataviada, eran bien patentes, expresaban temor, extrañeza, indignación, tuvimos problemas con los permisos, con las localizaciones, muchos sentían invadido su espacio exclusivo… Para los que creen que es imposible que una familia serrana se adapte a los placeres del lujo y su modo de vida queremos decir, para fomentar el miedo de los que ven imposible la integración, que la familia serrana, una vez pasada la sorpresa inicial, rápidamente se adaptó a la nueva situación, y a la media hora ya hacían un uso de la casa completamente normal, como si hubieran vivido allí toda la vida. El concepto de exclusividad y diferencia es muy relativo, a lo cómodo todo el mundo se adapta rápido.

IMAGEN.

No fue fácil elegir la familia, tenía que ser serrana, rural, pobre, pero, y como decía mi abuela “digna”. No se por qué al pobre hay que añadirle la palabra “digno”, como si el pobre por serlo tenga que ser indigno, es otra de las coletillas clasistas que contiene nuestro clasista idioma. La familia tenía que saber desde un principio en qué se iba a utilizar su imagen, que es lo que se pretendía con ello y cual podría ser la repercusión. Ellos entendieron inmediatamente de qué se trataba y todo fueron facilidades, en ese sentido se contó con el apoyo de Rosa María Alvarez Gil a la que le habíamos ayudado en la producción de su documental Lima Was, sobre los concursos de “Wayno” en las sierras y en los conos de Lima, ella conocía a una familia de artesanos que se prestaron a realizar las sesiones. Teníamos que establecer unas relaciones de confianza mutua porque los días de trabajo iban a ser duros, con múltiples desplazamientos y con posibles problemas en los que alguien podría demostrar patentemente su disgusto por la invasión de su espacio privilegiado por personas que, en su criterio, no correspondería que estuvieran allí.



Las anécdotas durante la producción de las fotografías fueron numerosas, pero lo mismo que nos encontramos con actitudes racistas a nuestro paso, también con todo lo contrario, gente que entendió inmediatamente cuál era el interés del proyecto y apoyó decididamente incluso con el riesgo de tener problemas en su propio trabajo. Hubo racismo, pero hubo también mucha solidaridad.

FAMILIA.

Hemos querido representar y personificar el racismo en una familia, aunque cada persona de la familia en su ámbito individual recibe a lo largo del día algún efecto directo y negativo de su condición, la familia como núcleo protector, como isla en una sociedad injusta es un refugio, y junta accediendo a los espacios más vedados, aunque sea aislada adquiere una dignidad que queríamos destacar.



La base de la organización social es la familia, se supone que desde la prehistoria, ella es la que te da una posición en el mundo, una cultura, unas costumbres y que, por muy rápido que se produzcan los cambios sociales, siempre permanece como vínculo inicial y constante referencia.

La introducción de modas y nuevas costumbres en el seno de la familia se manifiesta de muchas maneras empezando por los nombres, es curioso ver como los abuelos se llaman Ricardina y Juan Dionisio, nombres tradicionales, los hijos se llaman Lidi y Henry, y la siguiente generación Gianella y Vanesa… estos cambios de nombres suponen una aparente “modernización”, cambios producidos por el acceso a la información, a la televisión y a una extranjerización que lleva consigo un deseo implícito de mejora económica: “mi hija tendrá ya el nombre de una gringa que le ha ido mejor”. El nombre da a la familia una “modernidad” y un avance con respecto a las demás familias, luego se generaliza y todas las familias del entorno adoptan los mismos nombres para sus hijos. La emigración también ha tenido bastante que ver en este cambio de nombres y costumbres. Pero estos cambios son solamente nominales, la tradición es muy fuerte y en principio la modernidad es un elemento superficial.

Cuando a finales del siglo XIX se comienzan a fotografiar a las familias en un estudio, esas fotografías no pasan de ser una foto de documento nacional de identidad colectivo, con todos los miembros endomingados con sus mejores galas para perpetuarse en un escenario, casi siempre superior al que normalmente habitan, pero ficticio, realizado con un fondo pintado y algún objeto. En el estudio, el escenario siempre será el mismo, lo que cambiará siempre es la familia que momentáneamente lo habita. Esta serie de MR podría ser un remake contemporáneo de los fotógrafos antiguos, entre ellos de los peruanos como Chambi. MR traslada de la sierra a una familia de campesinos y los introducen en una casa de “pitucos alto standing”. Los decorados donde MR presentan a la familia son tan irreales para ellos mismos, como lo eran para las familias retratadas el estudio del fotógrafo.

MR. Se unen a la gran tradición de fotógrafos de familias, desde las de la depresión américana en Dustbowl, genialmente fotografiadas por Walker Evans, las disfuncionales de Diane Arbus, las de contrastes en la serie Rich and Poor de Jim Goldberg, las de clase alta de Tina Barney, hasta las propias y freakies de Richard Billingham y Enrique Marty.

FALSO DOCUMENTO.

Por otro lado con estas fotografías, como con todas, se esta creando un documento histórico, un falso documento histórico.



Rosa Olivares comisarió una exposición titulada Documentos: la memoria del futuro*. En el texto introductorio analiza la fotografía como documento y la importancia de la intervención del artista en el momento del clic, pasar de creer en esas imágenes eternas que creíamos instantáneas casuales en las que la única intervención del fotógrafo era su presencia, a tener la certeza de que ha habido una manipulación previa, para reforzar el efecto propagandístico o el estético, sin duda es ligeramente decepcionante, que Walker Evans en su conocida serie sobre la depresión americana de los años 30 hiciera posar a los campesinos en extrema pobreza no deja de causar una cierta reserva en el espectador, pero Evans no miente en cuanto a documentar esa extrema pobreza, ella existió, tal y como la refleja, aunque su imagen se estetizara, teniendo en cuenta que el fotógrafo es artista.

La película La conquista del honor de Clint Eastwood es un claro ejemplo de cómo una imagen, que se convirtió en emblemática en la historia de los Estados Unidos, había sido una repetición realizada después del momento original. ¿Quita esto validez a la fotografía?, ¿Pierde así su condición de documento? El fotógrafo estuvo allí, la fotografía se hizo en el lugar histórico y el hecho sucedió, adornos estéticos aparte.



En esta serie MR, se plantea que nosotros veamos como real una acción que por ahora no se da, que es inverosímil en su contexto. ¿Pero qué ocurriría si estas fotografías perduraran en el tiempo sin la documentación que las generó en el año 2007? Las generaciones futuras al verlas podrían pensar que el cholo peruano vivía con grandes comodidades y que tenía un gusto exquisito por encima de la media.

Que el abuelo de la familia posara con la silla Mackintosh, que la abuela serrana disfrutara de una cocina con los últimos adelantos, en contra de lo que nos creíamos que manipulaba en una cocina oscura un fuego de leña, que los niños usaran el baño con hidromasaje o los padres vieran una película en el plasma gigante del dormitorio, que posaran tranquilamente delante de su avión privado o del yate con el que van a pasear los domingos… podrían ser imágenes que alteraran la historia, hasta entonces conocida, de la sociedad peruana. Historia es más lo que no se dice que lo que se dice, las sociedades con el paso del tiempo pierden mucha mas información de la que conservan, por eso cualquier visión del pasado es parcial y errónea…

Por otro lado, si no logramos una sociedad igualitaria, que desgraciadamente no lograremos de inmediato, pero si, como deseamos, sucede en el futuro, estas fotografías servirán como documentos históricos que exculparán a nuestra sociedad contemporánea de esa terrible injusticia y cuando por fin todos puedan disfrutar de los niveles de comodidad, lujo, seguridad gracias a la documentación de MR esta justicia se extenderá falsamente en el pasado.



Cuando decidimos retratarlos de manera individual decidimos hacerlo con los modelos posando con los ojos cerrados no sabemos si ignorándonos, no sabemos si soñando o con los ojos cerrados porque están muertos para nosotros.



MR | De cholos, huellas y privilegios. | Rafael Doctor Roncero

Hace ya casi doscientos años que se inventó la fotografía. La finalidad para la que fue creada era simple y estaba acoplada esencialmente a facilitar la tarea de los estudios de pintores especializados en retratos que tanto abundaban en las grandes ciudades de la vieja Europa. Poseer una imagen de un ser querido, de un personaje o de uno mismo era un lujo que solo la alta burguesía, la aristocracia y los poderes eclesiásticos gozaban. Era la época de los pequeños retratos tallados o pintados en camafeos. Tener un cuadro o una escultura en el que una persona apareciese representada era al mismo tiempo un privilegio que hablaba ya de por si de su posición de superioridad con el resto que no podían disponer de algo similar; y no es que en la historia de la representación humana solo hayan aparecido ricos y poderosos retratados, también han aparecido los pobres, pero jugando un papel que ellos no han elegido, siendo normalmente mirados o interpretados para crear escenas con un valor decorativo. Pensemos en los mendigos pintados por Murillo en el siglo XVII. Estaban allí representados ajenos a su voluntad y formando una imagen pintoresca que en ningún momento afectaba positivamente al representado, convertido en mero elemento ornamental para una clase pudiente capaz de recrearse placenteramente en una perversa estética que la condición del pobre acarreaba.

Como fruto de las investigaciones ópticas y químicas llevadas a cabo a principios del siglo XIX, se consiguió crear un dispositivo que posibilitase que la luz se comprimiese en una lente, que se pudiese proyectar sobre una superficie lisa y finalmente que ésta pudiese ser fijada en ese soporte. Tras muchos años de investigación el proceso da sus resultados al descubrir la volatilidad de las sales de plata en relación a la luz.

A pesar de la sencillez de su planteamiento, de basarse en la reacción de los elementos a la luz observable en el mundo cotidiano, el invento sucedió como un fruto más de la sociedad que en esos momentos nacía en Europa y que se extendería por todos los continentes. Estamos en la primera gran etapa de la revolución industrial y de la implantación de los paradigmas capitalistas como modelo único de evolución en el mundo. Una sociedad como la que ahora nacía necesitaba herramientas ágiles y útiles para llevar a cabo su completa invasión mundial y la fotografía se convirtió en una de ellas. Y es que a pesar del discreto objetivo del invento, rápidamente el mundo, y sobre todo el poder, comprendió la importancia que podría jugar en todo lo que ahora nacía.

Las primeras fotografías fueron experimentos con lugares, paisajes y objetos, pero rápidamente fue el retrato, el origen de su objetivo, el que se impuso como género esencial en este primer gran productor de iconos. A través del daguerrotipo, en un primer momento, y de ambrotipos, ferrotipos, papeles salados o albúminas, el invento se extendió por todo el mundo occidentalizado constituyendo un sinónimo de avance y contemporaneidad. Aunque en un principio el acceso a la fotografía resultaba caro y solo llegaba a los mismos que en un principio encargaban sus retratos en pintura, en poco tiempo, la técnica avanzó e hizo que se abaratasen todos los procesos hasta conseguir cierta democratización en su uso. Cuando esto sucede es cuando la fotografía llega realmente a más estratos de la sociedad cuando el invento toma su verdadera dimensión. A partir de ahora no solo van a ser los más pudientes los que disfruten del privilegio de tener una imagen de si mismos o de sus seres queridos. Con pocas monedas la mayoría de las personas que viven en las ciudades van a poder disponer de su propia fotografía con solo acercarse al estudio o ponerse a disposición de la gran cantidad de fotógrafos ambulantes que empezaron a llegar a todos los rincones donde hubiese gente.

Este proceso democratizador sucede de forma diferente en cada parte del mundo dependiendo del grado de desarrollo económico y en general de su inmersión en el proceso capitalista generalizado. La fotografía es un negocio y ante un negocio que produce beneficios el mundo siempre se adapta sean cuales sean las creencias o las condiciones culturales de las que se parten. Así, la fotografía invade todo y a todos de diferente forma y las costumbres empiezan a cambiar. ¿Cómo era posible que alguien que no era nadie pudiese hoy tener un privilegio que antes solo gozaban los más pudientes? ¿Qué había de importancia en el hecho de ser fotografiado para que todo el mundo quisiese estar ante la cámara? ¿Era una cuestión de permanecer en el tiempo a partir de la representación de este invento o había algo más?

Sin duda había muchas cosas más. Ante la cámara el mundo aparece más desnudo que nunca lo había estado. Ahora ya no hay interpretaciones, ya no hay versiones diferentes ni fantasías válidas, sino la huella de la luz sobre las personas o las cosas formando una imagen en un soporte plano. Y esa huella venía a decir en si misma muchas más cosas de las que en un principio se le había solicitado. La huella era la misma para todos. La luz incidía de la misma forma en todas y cada una de las personas y no ofrecía ningún tipo de distinción. Todo era lo mismo ante la fotografía; los obispos no tenían aureola, ni los reyes eran más altos ni desprendían luz, ni nadie ocupaba un espacio distinto al proporcional que físicamente tenía su cuerpo. La fotografía vino a plantarle cierto pulso a la mentira en la que se ha basado el mundo para hacer que unos dominasen a otros, para estructurar y distinguir, para apartar y controlar. El mundo estaba ante la evidente prueba de que todos los seres humanos eran iguales y no había nada que lo pudiese desmentir. Estamos en la época en la que se están gestando las ideas comunistas que inicialmente partían de entender un mundo más justo, un mundo en el que eso que demostraba la fotografía fuese un hecho social. Llegaron las revoluciones y triunfaron y al poco tiempo traicionaron sus sueños hasta convertirlos en pesadillas. La fotografía seguía ahí y evolucionaba técnicamente pero su absoluta verdad de huella seguía siendo incuestionable.

Ante la diferenciación, las clases dominantes, que no quisieron peder sus distinciones y mucho menos prescindir del invento, lograron adaptar su hegemonía para adaptar la fotografía a su conveniencia. Así, empezaron a pintar las fotografías hasta dar la sensación de que eran pinturas o simplemente siguieron haciéndose sus retratos pintados utilizando a la fotografía solo como herramienta que facilitase la labor de reproducir un rostro. El mundo avanzaba así y si bien había trenes, estos tenían asientos de primera, de segunda, de tercera o de cuarta.

Ricardo Ramón y Marina García Burgos, han formado MR. y han puesto en marcha en esta exposición, Si no existe el mas allá , la injusticia del pobre se prolonga eternamente, un proyecto fotográfico con una estructura muy sencilla. Los elementos están perfectamente definidos, y tanto sus composiciones como sus intenciones son claras. En unos espacios donde las clases altas se relacionan y desarrollan han situado a un grupo de cholos estáticos que nos miran fijamente. Están juntos y hieráticos como estatuas en unos lugares que les son negados, unos espacios en los que no tienen lugar posible y donde no son invitados. En estas escenas los personajes los sentimos como recortados, como si se tratase de un collage mal pegado; parece que los propios habitáculos en los que posan los quisiesen rechazar. Nos está incomodando su presencia y ellos sin embargo no hacen nada, permanecen firmes mirándonos de frente. ¿Nos están preguntando algo? ¿Qué es lo que están haciendo? Sea lo que sea algo está chirriando. Es así como los vemos, pues su presencia de base nos crea una gran contradicción que hace que las intenciones de los artistas afloren directamente.

Estamos en el año 2008, en pleno futuro, en plena época de la ciencia y donde la humanidad llega cada día más lejos. Sin embargo podemos comprender como el mundo ha cambiado poco. al menos en Perú. Una sociedad con una mayoría chola dispone de estos espacios donde aparecen estas personas: espacios de privilegios para unos pocos que buscan símbolos de distinción que los separen lo más posible de aquellos diferentes que suelen ser los que menos tienen, que suelen ser los que son más.

Es la historia de la humanidad que se repite en sus peores capítulos constantemente y que si hoy está aquí reflejada a través de esta serie fotográfica es por el hecho de que hoy en el mundo, hoy en Perú, lejos de avanzar hacia una justicia social que logre reconocer la igualdad de todos ante el espacio, ante el mundo, ante el tiempo que habitamos, parece transitar hacia un mayor distanciamiento.

Ante la fotografía todos ocupamos el mismo espacio. Todos somos los mismos y ante su evidencia de huella no hay contestación posible. Sin embargo sentimos el contraste de estas escenas que no dejan de chirriarnos. Algo pasa que nos desdice esta afirmación científica. Posiblemente es que nuestra mirada está más afectada de lo que podemos creer y si hay contraste es porque sentimos que unos personajes no están en el lugar que les corresponde. La estrategia del juego planteado por MR. está perfectamente lanzada. Sucumbimos a ella pues aunque nuestra razón tienda a desbaratar la mentira, nosotros internamente somos más parte de ella de lo que creíamos que éramos.
Rafael Doctor Roncero



MR | SE ME SALE EL INDIO | Jorge Bruce, Psicoanalista

La primera vez que miré las fotos de MR fue algo fugaz y mi reacción inmediata fue de preocupación y perplejidad. Esa noche me acosté pensando que las imágenes tenían un efecto paradójico –conforme a la intención de sus autores- que no necesariamente servía a la causa para la que suponía habían sido concebidas: mostrar, mediante procedimientos de agresiva descontextualización, la inquietante extrañeza/familiaridad del otro negado, escindido, discriminado. En una palabra: racializado. Creo que mi duda inicial se alojaba en lo estilizado de las composiciones. Para mí, el racismo suele venir aparejado con escenarios violentos, degradantes, humillantes. Mi objeción interna consistía en que esas fotos de congelada, irónica belleza pudieran inscribirse en algo así como una ilustración publicitaria o una producción magazinesca. Demasiado glamour en ese colorido despliegue, temí, para un asunto que en la jerga psicoanalítica, tal como yo la entiendo, se vincula a controles anales en una atmósfera infestada de retenciones y deyecciones monocromáticas. Así se facilita la selección y el mapeo: esto entra, esto no. A la mañana siguiente, sin embargo –presumo que el trabajo onírico hizo de las suyas- ya no lo sentí así. Era como si en el transcurso de la noche las imágenes me hubieran invadido, poblando el espacio de mi imaginario, derribando en silencio mis resistencias intelectuales.

Sí, nuestro lenguaje está contaminado. Decimos “invasión” o “poblar” y convocamos series de representaciones, las cuales, a su vez, están ligadas por nudos afectivos en los que se entrelazan la vergüenza, el miedo, el rechazo. O bien el rencor, el afán reivindicativo, la rabia ante la desigualdad y la injusticia inicuas. Pero también la culpa, el remordimiento y hasta, quién sabe, un germen de curiosidad que puede mutar en reconocimiento o, porqué no ser utópicos, algo más allá. En cualquier caso, la experiencia que las fotografías de MR nos inducen será irremediablemente formulada en unos términos saturados de significado, desprovistos de pureza o inocencia.

Digamos, por ejemplo, “indio”. Lo que nos suceda dependerá de quiénes seamos, claro está (¿o bien oscuro?). Ahora no hay marcha atrás. El velo de invisibilidad que el racismo tiende sobre los sujetos denigrados, se ha descorrido. La alucinación negativa de Freud –el borrado activo de una percepción- cambia de signo en las imágenes fraguadas por MR. Son representaciones alucinantes, inimaginables, pero están ahí, tenaces, impertérritas y elegantes. El otro desvalorizado, el otro insignificante, el otro como depositario de nuestras proyecciones más repelentes, pestilentes e inmundas, está instalado en la mesa de al lado. En la galería de arte. En la intimidad de mi gimnasio. En la propia sala de mi casa. Ha ocupado mis espacios privilegiados de solaz, esparcimiento y elitismo. Ahí donde la identificación idealizada de los integrantes de mi grupo de referencia funciona como una prótesis narcisista cuya garantía, me aseguraron, era ubicua y de por vida.

Y me está mirando.

Martín Chambi capta a sus sujetos en situación. No vaya a creerse que son retratos naturalistas o realistas, poesía del instante popular a lo Cartier-Bresson. Las situaciones de una consonancia aparente y engañosa son creadas por él –un situacionista avant la lettre- y mediante ese artificio les arranca una verdad potente y universal, profundamente conmovedora. MR le da un giro más teatral a la escena, si cabe, y juega la carta de la disonancia cognitiva. Mientras que en una mirada descubrimos la humanidad de los insignificantes, en ésta nos confrontamos con unas presencias alarmantes porque en el fondo siempre estuvieron ahí, a pesar de la gana ubérrima, política, como dice Vallejo, de ignorarlas. O bien de relegarlas en la vitrina de los objetos exóticos, tal como se colecciona antigüedades precolombinas, se escucha música vernacular o se adapta trajes típicos al diseño contemporáneo de moda, en un ambiente filtrado, aséptico, esencialmente despersonalizado.

La expresión “se me sale el indio” es de una rancia estirpe racista. Significa la irrupción inopinada de contenidos primitivos, agresivos, destructivos. Se sobrentiende que a un indio no se le sale el indio: le puede ocurrir a cualquiera de los demás. El indio representa, en esa acepción, lo reprimido, lo escindido, la defensa más primaria contra la angustia de desintegración y el retorno de mis partes expulsadas, marcadas con el sello de lo infamante e inadmisible. Pero en las fotos de MR se me sale el indio de una manera soterrada y esa desfamiliarización hace que lo reconozca sin alterarme, porque emerge con una fuerza tranquila y recorre los pasadizos proscritos, mediante el subterfugio de lo que Freud llamaba la “prima de seducción”. Contrariamente a lo que pensaba en un principio, la estética seductora de las imágenes es lo que permite el traslape de mundos y perfora los compartimientos estancos. Entonces los fantasmas cobran vida y exigen su derecho de identidad. Con suerte, alguien se animará a acompañarlos y desandar la brecha que separa al narcisismo de vida del narcisismo de muerte. Odiar, dice el psicoanalista Paul-Laurent Assoun, es una manera de autoconservarse, hasta la destrucción del otro, mientras que amar es una manera de hacer existir al otro. Es cosa de elegir.



MR | CORTOCIRCUITO | Santiago Roncagliolo, escritor

Uno. Cada fotografía es una jaula que encierra un pedazo de realidad. Dentro de los límites de la jaula cabe todo lo visible: una pareja abrazándose, un político cargando a un bebé, un león bostezando. Separadas de su entorno, estas imágenes cobran vida propia. Ya no forman parte de un paisaje –un dormitorio, un mitin, un zoológico-, sino que existen por sí mismas, desconectadas del tiempo y ajenas incluso a los seres que retratan, en un espacio aparte limitado por el marco. El fotógrafo es un coleccionista de instantes que caza y cuelga en la pared, como un entomólogo con los insectos.

Sí, nuestro lenguaje está contaminado. Decimos “invasión” o “poblar” y convocamos series de representaciones, las cuales, a su vez, están ligadas por nudos afectivos en los que se entrelazan la vergüenza, el miedo, el rechazo. O bien el rencor, el afán reivindicativo, la rabia ante la desigualdad y la injusticia inicuas. Pero también la culpa, el remordimiento y hasta, quién sabe, un germen de curiosidad que puede mutar en reconocimiento o, porqué no ser utópicos, algo más allá. En cualquier caso, la experiencia que las fotografías de MR nos inducen será irremediablemente formulada en unos términos saturados de significado, desprovistos de pureza o inocencia.



Dos. Necesitamos la fotografía porque la belleza de las cosas nos pasa desapercibida. Para un turista, París es una ciudad bellísima. Para un parisino, en cambio, es una ciudad estresante con un tráfico insoportable. Sólo cuando pasean a sus turistas, y ven a través de sus ojos, los parisinos recuerdan qué hermosa es. La mirada del fotógrafo es la de un turista de la vida.

Tres. Tomemos a Robert Doisneau. Sus imágenes rescatan la belleza que nos perdemos de tanto mirarla: un beso entre la multitud de la calle, una novia en un subibaja, un niño jugando a los soldados. Por lo general, tenemos demasiada prisa para reconocer la hermosura de esas cosas. El trabajo de Doisneau es recuperarla y enseñarnos a detectarla.

Cuatro. Otros fotógrafos alteran el mundo. Ponen cosas donde no suelen estar. Es el caso de joan Fontcuberta. Sus fotografías retratan mujeres con cuerpo de caracol. O perros con traje de astronauta. Pero no son dibujos, son fotos. Y eso nos desconcierta, porque creemos que las fotos se limitan a retratar lo que hay allá fuera. Martín Chambi capta a sus sujetos en situación. No vaya a creerse que son retratos naturalistas o realistas, poesía del instante popular a lo Cartier-Bresson. Las situaciones de una consonancia aparente y engañosa son creadas por él –un situacionista avant la lettre- y mediante ese artificio les arranca una verdad potente y universal, profundamente conmovedora. MR le da un giro más teatral a la escena, si cabe, y juega la carta de la disonancia cognitiva. Mientras que en una mirada descubrimos la humanidad de los insignificantes, en ésta nos confrontamos con unas presencias alarmantes porque en el fondo siempre estuvieron ahí, a pesar de la gana ubérrima, política, como dice Vallejo, de ignorarlas. O bien de relegarlas en la vitrina de los objetos exóticos, tal como se colecciona antigüedades precolombinas, se escucha música vernacular o se adapta trajes típicos al diseño contemporáneo de moda, en un ambiente filtrado, aséptico, esencialmente despersonalizado. Trucar la verdad también es una forma de desnudarla. Si el mundo fuese como Fontcuberta lo pinta, miraríamos sus fotos y preguntaríamos “¿Y? ¿Qué tienen estas fotos de especial?” En cambio, al verlas descubrimos que la realidad es un lugar donde las mujeres no tienen cuerpo de caracol y los perros no usan uniforme, sin razón aparente para ninguna de las dos cosas.
Existimos en un espacio cuyas reglas no dominamos, y que no tiene ningún sentido en particular. Es como es y lo aceptamos.
El arte y la filosofía son esfuerzos inútiles, pretensiosos, fascinantes y desesperados de darle algún sentido.

Cinco. El trabajo de MR. opera en ambas direcciones. Nos muestra lo que existe y lo que no existe. Recoge los pedacitos de Perú que nos dejamos olvidados por la calle, los recompone y los cuelga en la pared. Hay casas con enormes jardines y discotecas y galerías de arte y restaurantes. Hay lugares bonitos para gente bonita. Y los personajes de estas fotos están equipados para el turista. Sus trajes típicos aparecen perfectamente planchados, combinados y arreglados. Sus faldas hacen juego con las paredes y los suelos.

Pero a la vez, algo no funciona entre estas personas y sus entornos. Un diseñador de interiores no los pondría ahí. Los peruanos retratados en esta colección forman parte de un decorado que no les pertenece.



Seis. MR. retrata ese cortocircuito que llamamos Perú. Lo tenemos enfrente todos los días. Es el cortocircuito entre las playas exclusivas amuralladas y los asentamientos humanos que las rodean. Entre el casting del comercial de perfume y el de detergente. Entre los que sirven el almuerzo y los que se lo comen. Pero no lo vemos. Vivimos equipados con sofisticados aparatos de evasión. Cuando un mendigo extiende su mano hacia nosotros, fingimos que no está. Lo volvemos invisible.

También nuestro lenguaje está diseñado así. Usamos las palabras, no para describir la realidad, sino para ocultarla. Llamamos a los barrios miserables “pueblos jóvenes”. Y a los pobres “clases populares”, o el más aséptico “C y D”. Esta exposición tematiza lo que no queremos ver de nosotros mismos, como un espejo deformante.

Siete. El efecto de estas imágenes radica en que retratan un país tan inexistente como la mujer con cuerpo de caracol. Pero estas fotos también encierran una propuesta de lo que podemos ser. Nos sugieren, aún más, nos desafían a enfrentarnos a ellas algún día y preguntar: “¿Y? ¿Qué tienen estas fotos de especial?”